Hace unos días, la Comisión de Justicia de la Federación Peruana de Fútbol redujo el castigo de dieciocho meses a sólo tres meses para Pizarro, Farfán y Acasiete.  Al pobre “Cóndor” lo cancelaron y seguirá apartado del fútbol a nivel selección por quince meses más.  Más allá de lo que puede perseguir esta magnánima decisión, la conveniencia detrás de las decisiones de la Federación no tiene límites.  Lo que sí tiene límites, y muy estrechos, es su capacidad de razonar y su sentido común.  Qué están castigando finalmente?  Según ellos, la conducta inapropiada de estos jugadores pone en riesgo el desempeño del equipo y es un mal ejemplo para cualquier persona que quiera llamarse “deportista profesional”.  Puede ser que tengan razón.  Pero lo que hicieron no necesariamente afectó el desempeño del equipo.  Cierto es que dos días después perdieron 5-1 en la altura de Quito.  Pero, hace poco, esta selección perdió 6-0 en la costa uruguaya.  Y en ese partido, quién se juergueó?  Seguro nadie.  Quién afectó el desempeño del equipo?  Quién se comportó como un animal enjaulado despotricando a diestra y siniestra, mentándole la madre al árbitro abiertamente, sabiendo de las consecuencias que eso traería para el equipo?  Quién se precipitó como un atorrante luego del penal aun cuando su entrenador (jefe) le ordenó retirarse y calmarse?  Ese jugador que suele ser considerado como el mejor del equipo, y que seguramente lo es, tiene una responsabilidad aun mayor al saber lo importante que resulta para el equipo.  Pero no, su ego es más grande, y su estupidez ilimitada.  Alguna vez se ha comportado asi en Alemania?  O es de esos que sólo cruzando la frontera de Tacna a Arica empieza a respetar la luz roja de los semáforos?  Por supuesto que sí.  Este guerrero atorrante nos cagó en Uruguay y con él, todo el equipo se vino abajo.  El impacto de su conducta fue directo.  Su comportamiento está grabado y fue televisado.  Ocurrió en la cancha, en pleno partido, no en el anonimato nocturno en días de tregua, donde no afectaron más que su sueño y su ya decaida imagen de profesionales.  Pero quien castiga a Guerrero?  Nadie.  Nuevamente, la estrechez de mente en nuestros dirigentes, y también en nuestros periodistas, hacen que castiguen no los comportamientos más negativos y con peores consecuencias, sino aquellas conductas que dañan la imagen de nuestra empobrecida selección.  Cuestión de criterio (o de falta de él).

En anteriores posts he escrito sobre la música.  No puedo,sin embargo, dejar de sorprenderme por la ansiedad que me envuelve cuando escucho una de esas canciones que sé que quedarán para siempre en la lista de las diez mejores canciones de todos los tiempos para mí.  Estas canciones suelen estar en la mayoría de mis compilaciones (cassettes de antes, CDs grabados ahora, lista de reproducción en iTunes, etc).  Estas metiches van conmigo en el auto mientras llevo a mi hija al colegio o intento sortear afiladas carrocerías en el tráfico infernal de nuestra querida ciudad.  Suelen inundar mis pensamientos en reuniones de trabajo, o en el medio de una insulsa conversación.  No me dan tregua, me persiguen a todos lados.  Estas polizontes no necesitan pasaje porque viajan gratis a cambio de mi distracción, de sus masajes mentales que me erizan los pelos del cuerpo, me hacen reir y emocionarme hasta el llanto.  El efecto más interesante (y podría decir avergonzante) que estas canciones tienen sobre mí es que me hace cantarlas sin importar el lugar, la compañía ni el momento.  Cuando tenía veinte años y mis papás salían, la sala del segundo piso se convertía en un estrado gigante en el que yo era la estrella por la que todos gritaban.  Esos todos estaban allí, frente a mi, como fanáticos enardecidos clamando por una repetición, mientras yo, histriónicamente, representaba al rock star por excelencia, con sus maneras, sus poses, su pedantería y su sex appeal.

Una de esas canciones que hoy, a la media vejez – o joven adultez – me provoca cantar a pulmón abierto en la sala de mi casa es “Impossible”, de Shout Out Louds, una banda sueca.  Una canción perfecta:  melodía pegajosa pero inteligente, puentes y variaciones que la hacen compleja pero atractiva de principio a fin, a pesar de sus casi 7  minutos de duración.  Diría que está entre lo new wave y lo poppy, con un innegable tufillo a Yazoo y algo de The Cure – por lo parecida a la voz de Robert Smith.

Enjoy.

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Hoy es el día de la Tierra.  Salvo algunos colegios que toman como excusa este día para pedir proyectos a sus alumnos, o los que de verdad lo sienten y tratan de concientizar a los pequeños sobre el verderao significado de cuidar nuestra casa, la mayoría lo ha tomado como un día más.  Un día que no tiene comparación en cuanto a su importancia para la gente con el Día de la Madre, Halloween o Fiestas Patrias.  La Tierra está gravemente enferma, pero a quién le importa.  Los que fuman lo siguen haciendo y siguen arrojando sus colillas en la arena de las playas.  Los que dirigen empresas hacen lo posible por evadir responsabilidades ambientales amparándose an la tibia legislación y no menos pusilánime fiscalización sobre emanaciones de CO2, aguas residuales, alteración de ecosistemas, etc.  Los que tienen auto, sobretodo los que tienen autos viejos (osea la mayoría en el Perú) siguen lanzando como pedos sus humos negros por los escapes rotos, contaminando nuestro ya enrarecido aire, intoxicando a los choferes que tienen la mala suerte de no poder sobrepasarlos en la pista y afeando las construcciones con el hollºi que se esparce sobre los muros como mantequilla sobre el pan.

“Esta es mi tierra, así es mi Perú”, versa la canción.  Serí importante que pensemos qué Tierra (o tierra) queremos, y si estamos dispuestos a aceptar que asi es nuestro Perú y entonces, henchidos por el plomo de nuestros pulmones, gritaremos todos juntos:  vámonos a la mierda.

Hoy se me ocurrió que no debo escribir sólo de pensamientos actuales, de tribulaciones ni líos existenciales de los que la weblog debe estar más que plagada. Hoy me provocó escribir de esas pequeñas situaciones en que fui inmensamente feliz. Aquí va una.

Era quizás el único que había ido sin pareja a la casa de mi jefe. Fue en la Navidad del 2000. Unos días antes en realidad. Mi jefe tenía por costumbre invitar a todos los miembros de su equipo – parejas incluidas, si es que existían – a una cena de fin de año en su casa. Eran reuniones sin mucha ostentación. Dos mesas redondas y vestidas para 10 personas cada una casi cubrían la totalidad del jardín. Vino la cena, las conversaciones de introducción con los desconocidos del momento y como siempre, uno que otro chiste olvidable.

Luego de la cena mi jefe, como el gran anfitrión que era, inició el baile al cual me resistí lo mejor que pude. Como esperaba, alguna de las chicas me sacó a bailar y contaba los minutos para que la canción acabara. Al sentarme y recobrar mi tranquilidad me vino un deseo irrefrenable de bailar, pero no allí, entre tías y merengue, sino en Bauhaus, entre Depeche y oscuridad, entre The Cure y mi cerveza en solitario. Largué el aburrido vino que tenía entre manos y aproveché la temprana huída de una pareja de invitados para salir con sólo una idea en la mente: Bauhaus y bailar hasta el hartazgo.

Desde que llegué sentí que no sería otra noche más en la que yo, solo, aferrado a la misma botella durante la primera hora sólo me dedicaría a bailar sin parar, para luego salir, también solo, habiendo anhelado quizás el acercamiento de alguna bruja nocturna, vestida de negro, con las uñas pintadas de penumbra y sus labios destellando ultravioleta.

Era jueves y no había tanta gente. El espacio en la pista era ideal para desplegar toda mi energía y todos los pasos que, durante varios años de noches en Nirvana y Bauhaus,  mirando a conspicuos bailarines de New Wave, aprendí a la perfección. En medio de esa atmósfera de tranquila efervescencia noté las miradas de de tres chicas que formaban un grupito, menudas y alegres, y que alternaban comentarios que sospeché, eran sobre mi. Una de ellas, la que se me ocurría la mayor, era la menos discreta al mirar. Pero no era una mirada punzante ni amenzadaora, como aquellas que lanzan las mujeres en pos de lujurias no vividas. No, eran más bien una mirada curiosa, tratando de escudriñar a través del contacto con mis ojos mis pensamientos, mi interés en esa noche, mis propósitos y deseos. No puedo negar que esta situación me perturbó un poco. No había tenido esa sensación antes. No era la primera vez que recibía ese tipo de miradas, pero sí la primera vez que las recibía estando solo: solo en Bauhaus, y solo en mi vida sentimental.

Como un pavo real, decidí mostrar mis más brillantes colores y aplicarme al máximo en mi baile. La atención de la mujer fue creciendo, su mirada se iba haciendo cada vez más interesante e interesada. Pero dieron las cuatro y media de la mañana. Quedábamos el grupo de tres chicas, dos o tres parejas desubicadas y yo. Era hora de ir a casa. Al salir, ellas me siguieron. Mi auto y el de ellas estaban separados por la calle Bellavista. Al atravesarla, volteé a mirarlas y fijé mis ojos en la perturbadora mujer que me observó durante toda la noche. Ella por supuesto mantuvo firme su mirada. Sonreí, me metí al auto y me fui con la sonrisa de un niño que acaba de recibir la felicitación de su papá por buenas notas.

——-Fin de la primera parte——-

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Hace un tiempo publiqué un post con el título de El Encanto de la Estupidez. En ese artículo prometí – situación de la cual me percaté hoy al releerlo – que escribiría un artículo de antología sobre las estupideces que caracterizan a la sociedad limeña. EN este punto cabe aclarar que el término “sociedad limeña” puede resultar poco preciso, dado ue tenemos varios tipos de sociedades en esta variopinta ciudad, repleta de diferencias sociales, culturales y hasta morales. Pero no hará falta aclarar a qué sociedad de las limeñas me refiero en esta antología. EL lector podrá reconocer, a través de las situaciones y personajes, la sociedad caracterizada. Algunas de estas situaciones o sus personajes pueden ser comunes a varios tipos de sociedades limeñas, lo que hace de mi lista una lista plural, al alcance de la mayoría.

EN fin, aquí voy:
- Mamá regia, en jeans y tacones, hablando por celular, mientras arrastra a su hija de unos 3 o 4 años de la mano. Más atrás, uno o dos metros por lo menos, una niñera de pristino blanco las persigue, llevando al hombro una tierna mochila de Hello Kitty.
- Mujeres en traje de gala y hombres en terno se avalanzan cual náufragos rescatados sobre mesas de sushi en matrimonios peruanos
- El apple martini
- Pagar 500 dólares por una fiesta de año nuevo en algún hotel de categoría
- El significado del nanosegundo en Lima: tiempo que transcurre desde que la luz pasa a verde en cualquier semáforo de la ciudad y uno recibe el bocinazo del hijo de puta que está en al auto de atrás.
- La atmósfera de los eventos de caballos de paso en Mamacona
- Las tías que bailan flamenco en Lima (y son publicadas en Cosas) como si estuvieran en Sevilla
- Usar abrigos de piel en una ciudad en la que la temperatura no baja de 14 grados (y eso se da sólo un par de semanas al año)
- Interesarse por lo que le pueda pasar a la realeza de España o Inglaterra, cuando ni siquiera conoce esos países
- Irse regularmente de viaje por vacaciones a Miami o al Caribe y no haber conocido ni Huaraz ni Cusco (y no por tener problemas en la altura)

Me cansé de tanta estupidez. Seguiré cuando consiga un antídoto.

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Qué extraña situación la de los amantes. Las reglas sociales no les permiten compartir lo que a cualquier persona en condición “decente” se le permite: compartir un café en un rinconcito de algún restaurante, pasear por el parque rozándose las manos para no levantar sospechas, mirarse hambrientos a los ojos en un lugar público, ni siquiera hablarse por teléfono es bien visto. Todo esto porque son eventos en la vida de los amantes que se develan por sí solos a la sociedad que censura. Pero nadie objeta los besos, las caricias, el sudor que se mezcla, las lamidas, ni el intercambio más profundo que ellos se dan, al refugio de las miradas en un cuartito de hotel con estacionamiento privado, donde se guardan, con absoluta reserva, los secretos menos confesables del amor prohibido.

El término Trip Hop lo descubrí al mismo tiempo que descubrí una mis bandas favoritas: Hungry Lucy. Este dúo se formó de casualidad cuando War-N Harrison y Christa Belle decidieron hacer una canción juntos para el tributo a Depeche Mode en 1998, y al ver el resultado y la química artística entre ambos escribieron unas canciones y lanzaron su primer disco “Apparitions”. Hoy Hungry Lucy llena aquellos pequeños pero numerosos vacíos que tenemos todos cada segundo: cuando salgo en el auto un domingo antes de mediodía y no hay casi autos, o cuando me quedo mirando la pantalla de mi compu sin reaccionar, o cuando mis ojos están cansados y no quiero imágenes reales, sólo aquellas que las canciones de Hungry Lucy logran formar en mi mente, con tonalidades grises y violetas. Cuando los esucho me siento un suicida que en pleno vuelo se convierte en pluma haciendo de la caída la experiencia más placentera que se pueda tener.

Una anécdota acerca de Hungry Lucy. La canción “Glo”, del CD del mismo nombre le pertenece a mi hija Josefina, de 4 años. Se la regalé y ya la reclama como suya. Cuando la llevo al cole en el auto de mamá, me pide que saque el CD de mi auto para ir escuchando su canción. Nadie se la quitará nunca, eso dice. Yo me aseguraré de que asi sea. Los dejo con “Harvest” del último CD de Hungry Lucy, “Before We Stand…We Crawl”.

Cada vez, mirando la densa neblina limeña de Junio, converso conmigo mismo y escucho la simpleza de esta canción. Just listen to Aimee.

El video muestra a Aimee Mann hablando a la conciencia de los depresivos protagonistas del filme Magnolia.

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Este término me lo enseñaste tú. Habías leido el libro en España y luego me lo regalaste. Sí, “La Amigdalitis de Tarzán”. Y se cumplió lo que dijiste. Cada momento en el que nos hemos encontrado nos ha sorprendido en diferentes situaciones amorosas, unas mejores y otras peores, dependiendo de quién de los dos las observaba. Nuestro E.T.A. ha estado, desde un prinicpio, fuera de sincronía. Al menos eso pensaba hasta hoy.

He estado revisando una caja con algunos recuerditos que mi mamá me guardó cuando me fui del Perú por primera vez. Es un pupurrí de notitas, fotos, pequeños premios escolares, gadgets y otros artículos diminutos que, de alguna manera, han sido parte importante de mi vida. Mi madre despachó todas las fotos, tarjetas o notas relacionadas con mis enamoradas al más allá, de donde quizás no vuelvan. Pero dejó una, sólo una tarjeta con un mensaje extenso que quisiera transcribir completamente, pero que mi verguenza y sentido del ridículo me impiden hacerlo. Por eso sólo te copio algunas extractos de aquella tarjeta que me mandaste por correo desde España a mi casa en Chiclayo y que recibí el 1 de diciembre del 2000, y de la cual no tenía recuerdo.

“No sé cuando estarás recibiendo esta tarjeta que by the way la compré para tí hace más de un año, así es la vida no?
Estoy aquí en el aeropuerto de Miami “una vez más”, lista para cruzaar el “charco” una vez más, y cada vez pieso más en ti y te extraño más…
…Hace tiempo te dije que yo pensaba que tú eras el “famoso” amor de mi vida, pero que tenía claro que para tí yo no lo era. Yo sentía que me querías pero no te morías por mí y eso para mí era horrible, esto desde la primera vez, entonces decidí que bueno, a tratar de ponerte en algún lugar dentro de mí, evitando que me duela, y escogí tenerte como amigo…yo misma me sorprendía de mi capacidad para entenderte, perdonarte, aceptarte y quererte…
…Bueno, a lo que voy es que como ya te dije siempre voy a estar contigo coo lo he estado hasta ahora, y sin esperar nada a cambio, más que tu amistad, por supuesto yo sería muy feliz si terminamos esta historia juntos…
…No te he contado que mis amigas a las que les he hablado de ti me dicen que me muero por ti, que cuando hablo de ti se me transforma la cara, se me ilumina y que se nota hasta cuando leo un mail tuyo, en fin…”

Ya no puedo escribir más. Tengo un nudo en la garganta y una represa al borde del colapso en mis ojos. La decepción y desesperanza que siento en este momento no las puedo explicar. Si es verdad que “We belong together” como versa la tarjeta, entonces qué diablos hacemos tan separados??!!!! Cada vez te quiero más, tanto que no cabe en mi pecho, me cierra la garganta y me hace sudar febrilmente.

Se acerca el Día de la Madre. Como dato contextual, en el Perú este día se celebra el segundo domingo de Mayo, tal como lo instauraron en Estados Unidos. Nosotros, fieles a nuestras raices americanas (de Americans pues), seguimos a pie juntillas todas las fechas que nuestros hermanos gringos inventan. En fin, pero este era sólo un dato para ubicar a mis lectores foráneos. El asunto es que, como todos los años en estas fechas, las empresas, tiendas por departamentos y hasta los bancos comienzan a bombardearnos con material publicitario alusivo al día de nuestras progenitoras, las que nos parieron con dolor y nos lanzaron a este mísero y adorable mundo en que vivimos. Cuando miro y leo esta publicidad pienso que los marketeros de estas respetables compañías no deben haber tenido una buena relación con sus madres, ya que se siguen, en pleno siglo XXI, ofreciendo a nosotros, los hijos, extraordinarias ofertas para adquirir refrigeradoras, cocinas, máquinas lavadoras, secadoras, congeladoras, aspiradoras, exprimidoras de cítricos, y todas las demas “doras” que se les pueda ocurrir para darle a la madre el espacio que se merece en la casa: la cocina, la lavandería, el cuarto de limpieza. No puedo imaginarme la escena al develar tan siniestro artículo frente a mi madre como ofrenda por su valeroso y abnegado rol. Ella siempre me decía en tono de broma “si me regalas tal cosa te la tiro por la cabeza”. El dolor y la cuenta del hospital deben ser inmensos si recibiese una lavadora, con capacidad para 10 kg. y cilindro metálico, lanzada sobre mi cabeza. Ouch!! (como diría un hijo gringo).

Todo esto me hace recordar con humor una famosa tira del formidable Manolito, el de Mafalda, cuando deja sus anuncios de Almacén Don Manolo escritos en pintura negra chorreante sobre la pared de una esquina del barrio. En uno de esos anuncios dice “Se aserca el dia de mama. Aproveche las ofertaz que Almacen Don Manolo tiene en surtidos de jabon de labar, trapos para fregar, escovas y limpia alfombras. Porque no olbide que una madre canzada pega menos fuerte”. Al menos Manolito no pensaba que las madres son todas unas cojudas. EL tenía un objetivo egoista pero legítimo. Los marketeros parecen defender la legendaria cojudez de la madre peruana y quieren mantenerla viva en ese nivel. Allá los hijos que se creen el cuento y quieren seguir tratando como cojudas a sus madres.
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