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Hace unos días, una persona que trabaja conmigo me dijo:  ”Yo me quedo en este trabajo porque tú estás”.  Y más adelante, en la misma conversación añadió: “Todo lo que se lo he aprendido de ti”.  Conozco a “mi gente”, y puedo asegurar que esta persona no estaba ejecutando lo último en estrategias para conseguir un buen aumento de sueldo.  Tampoco era un “lance” de esos que ocurren mucho en las oficinas limeñas (eso del código contra el sexual harrassment en Perú es un saludo a la bandera).  No me puse nervioso ante tremendas frases, pero no pude ocultar mi vergüenza.  Uno no recibe todos los días evidencias de que está trascendiendo en esta vida.  Uno pasa la vida “viviendo”.  Hace cosas, se relaciona, hasta logra objetivos y sueños.  Pero cuando una parte de ti queda impregnada en otro, o en otros, uno siente que la vida cobra total sentido.  Muchos opinarían que el ser padre ofrece esta posibilidad por definición.  Quizás el hecho de que muchos tomamos el rol de padres como una deliciosa obligación (digo, si tienes un hijo pues tienes que ser su padre, y de los buenos) no nos impacta tanto como el hecho de calar en personas sobre las cuales no existe una obligación de trascender.  Nunca mejor descrita la necesidad del ser humano de trascender como lo hizo Kundera en “La Inmortalidad”, sin embargo discrepo con él en un detalle:  la trascendencia que busca el hombre de forma natural e incesante se refiere al acto de impactar en otros o en el mundo para permanecer en él más allá de la muerte, para no desaparecer con el ataúd o en las cenizas que se echan al mar, y así dejar estampado nuestro nombre, nuestro prestigio, nuestros logros en la memoria de los que quedan.  Así vista, la trascendencia es un instrumento para engordar el ego y hacer que se quede (cual pesado que pueda llegar a ser) en medio de los vivos.  Yo, por el contrario, me refiero a la trascendencia como consecuencia de ser uno mismo, de ser como uno es, como premio a la consistencia de nuestros valores, que son absorbidos y apreciados por otros sin haberlo planeado y sin esperar nada a cambio.  Esta sensación que sucede al agradecimiento honesto de quienes se ven impactados positivamente por nosotros no tiene precio.  Para la trascendencia egoista, prefijada y perseguida con avidez, existe Mastercard (y esto no es broma).

Salut

Muchos habrán escuchado una canción de los espantosos Hombres-G en la década de los 80. Bueno, perdón, no pienso hablarles de esta canción ni entrar en inútiles debates sobre el valor de este pseudo grupo de rock español. En realidad, este artículo se trata de tetas. Así, tan banal como quieran calificarlo, las tetas han sido, son y serán un objeto de deseo no perecible que, estoy seguro, protagonizará mis sueños, mientras duermo o en vela, hasta que olvide su significado por arteriosclerosis.

Debo decir de las tetas los mejores adjetivos. Debo hablar de su dulce redondez, de su suave reflejo, de su tersa voluptuosidad. Y así expresado, las tetas deben ser lo suficientemente grandes como para poder apreciar sus verdaderos atributos, el real encanto de su forma. El significado de las tetas es inherente al volumen. Hay tetas de gran tamaño, es verdad, pero existen sólo ciertas formas que son merecedoras de admiración y fiel deseo.

Reducido el grupo para clasificar dentro de las tetas admirables, debo destacar mi repudio a las siliconas. Las siliconas son como el remake mal concebido de un clásico del cine: plásticas, ingrávidas, superproducidas e imperturbables por el tiempo. Las siliconas estiran la parcela de piel más codiciada en el cuerpo femenino, restándole maleabilidad. Por eso, no hay siliconas en mi clasificación, sólo tetas naturales, vírgenes del bisturí.

Ya en la práctica debo reconocer mi incapacidad por dejar pasar mi vista sobre un par de buenas tetas.  De hecho las miro todas.  Ya clasificadas en mi disco cerebral, mis ojos ordenan al resto de mi débil conciencia mirar más detalladamente:  dimensiones, naturalidad, escote (lo más que pueda conseguir desde el ángulo en que me encuentre).  Otros atributos no puedo sino imaginarlos:  color de de la aureola divina, caída, textura, etc.  No recuerdo un cuadro que haya hecho desde mis trece años que no tenga una teta, siempre grande, que permita destacar la belleza de este apéndice femenino que siempre definió y definirá gran parte de la belleza de la mujer.  Las tetas arrebatan a otras formas del cuerpo la definición de belleza y sensualidad.  Tocar una teta es el primer acto de heroismo sexual que cualquier muchacho pueda realizar.  Una vez llegado allí, lo demás cae por su propio peso.  Y las mujeres saben eso.  Ellas son concientes que su virginidad ha sido parcialmente entregada el día que se dejan tocar las tetas.

Por eso, que vivan las tetas, y que mueran las siliconas…y los Hombres-G

Hoy fui a la clínica a visitar a una pareja de amigos que tuvieron su segundo hijo el miércoles pasado.  Cuando me contaban sobre la agonía del parto:  ella con fiebre mientras las contracciones se hacían insufribles, la bebe que corría peligro, una posible infección que no se detectaba, etc., no podía dejar de pensar en lo incoherente que resulta el ser recién nacido.  

El recién nacido no es sino el reflejo de lo que es el mundo real:  puro sufrimiento, sacrificio, fragilidad, sufrimiento de otros, inutilidad, dependencia absoluta, incomunicación, etc.  Muchos sostienen que el mundo no es un buen lugar debido al hombre.  Salvo que algún lector veterinario o zootecnista pueda corregirme, no conozco especie alguna que cuando recién nacido sea tan, pero tan inutil y dependiente como el ser humano.  Pero no sólo es cuando recién nace, no.  El ser humano es capaz, en situación normal, de infringir un sufrimiento atroz a su gestadora en los primeros meses, es decir, cuando todo debería ser felicidad plena por la buena nueva.  Ya en el parto, la situación es caótica, y las madres deben parir con su obligada dosis de epidural o, en caso contrario, con un bozal para que el resto del nosocomio no se vuelva un manicomio.  Y hasta aquí, todo esto es producto de la acción de una pequeña criatura de unos cincuenta centímetros no más.  Ya en calidad de recién nacido, la fragilidad llega a tal punto que debe ser vestido y, muchas veces, puesto en incubadora.  Han visto alguna vez un bebe que busque su alimento, osea la teta de mamá, sin que esté a dos centímetros de ella?  Han visto a un bebé que pueda moverse hacia adelante o hacia atrás en sus primeros días de vida?.  Los recién nacidos no hacen eso.  No se sientan, menos se paran, no pueden ni arrastrarse para procurar su leche tibia en el pecho materno.  No pueden comunicarse de ningún modo.  Su vista es débil, sólo saben chillar y hay que ser adivino para saber lo que quieren.

Entonces, no es de extrañar que el mundo esté patas arriba, ya que es el ser humano el que lo gerencia.  El ser humano que hizo sufrir, nació sufriendo, acumulando los recuerdos de su carencia y dependencia en lo más profundo de su cerebro.  Su inutilidad precoz está presente en sus actos de madurez.  Su falta de conciencia, su egoismo y su fragilidad son los primeros acontecimientos de su vida, y eso no se olvida, aunque no lo recordemos concientemente.  Nacimos sabiendo que no podíamos comunicarnos, y eso tampoco se olvida, por eso nos cuesta tanto de adultos.

Miraba a mis amigos mientras me contaban como habían sufrido, ambos, con este nacimiento de su segundo hijo, y no podía dejar de pensar por qué la vida no tiene otras reglas:  padres felices, plenos de energía, reciben a sus hijos quienes traen ya habilidades básicas de subsistencia, con la capacidad mínima de establecer una comunicación con el mundo.  Hijos con autonomía fisiológica, con una salud inquebrantable como la de cualquier recién nacido (en este mundo nuevo me refiero), que puedan contribuir con el mundo en forma inmediata y no esperar dieciseis años para decidirse cómo hacerlo.

Alguna duda sobre por qué la cagamos, con el mundo?

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Hace un tiempo publiqué un post con el título de El Encanto de la Estupidez. En ese artículo prometí – situación de la cual me percaté hoy al releerlo – que escribiría un artículo de antología sobre las estupideces que caracterizan a la sociedad limeña. EN este punto cabe aclarar que el término “sociedad limeña” puede resultar poco preciso, dado ue tenemos varios tipos de sociedades en esta variopinta ciudad, repleta de diferencias sociales, culturales y hasta morales. Pero no hará falta aclarar a qué sociedad de las limeñas me refiero en esta antología. EL lector podrá reconocer, a través de las situaciones y personajes, la sociedad caracterizada. Algunas de estas situaciones o sus personajes pueden ser comunes a varios tipos de sociedades limeñas, lo que hace de mi lista una lista plural, al alcance de la mayoría.

EN fin, aquí voy:
- Mamá regia, en jeans y tacones, hablando por celular, mientras arrastra a su hija de unos 3 o 4 años de la mano. Más atrás, uno o dos metros por lo menos, una niñera de pristino blanco las persigue, llevando al hombro una tierna mochila de Hello Kitty.
- Mujeres en traje de gala y hombres en terno se avalanzan cual náufragos rescatados sobre mesas de sushi en matrimonios peruanos
- El apple martini
- Pagar 500 dólares por una fiesta de año nuevo en algún hotel de categoría
- El significado del nanosegundo en Lima: tiempo que transcurre desde que la luz pasa a verde en cualquier semáforo de la ciudad y uno recibe el bocinazo del hijo de puta que está en al auto de atrás.
- La atmósfera de los eventos de caballos de paso en Mamacona
- Las tías que bailan flamenco en Lima (y son publicadas en Cosas) como si estuvieran en Sevilla
- Usar abrigos de piel en una ciudad en la que la temperatura no baja de 14 grados (y eso se da sólo un par de semanas al año)
- Interesarse por lo que le pueda pasar a la realeza de España o Inglaterra, cuando ni siquiera conoce esos países
- Irse regularmente de viaje por vacaciones a Miami o al Caribe y no haber conocido ni Huaraz ni Cusco (y no por tener problemas en la altura)

Me cansé de tanta estupidez. Seguiré cuando consiga un antídoto.

Se acerca el Día de la Madre. Como dato contextual, en el Perú este día se celebra el segundo domingo de Mayo, tal como lo instauraron en Estados Unidos. Nosotros, fieles a nuestras raices americanas (de Americans pues), seguimos a pie juntillas todas las fechas que nuestros hermanos gringos inventan. En fin, pero este era sólo un dato para ubicar a mis lectores foráneos. El asunto es que, como todos los años en estas fechas, las empresas, tiendas por departamentos y hasta los bancos comienzan a bombardearnos con material publicitario alusivo al día de nuestras progenitoras, las que nos parieron con dolor y nos lanzaron a este mísero y adorable mundo en que vivimos. Cuando miro y leo esta publicidad pienso que los marketeros de estas respetables compañías no deben haber tenido una buena relación con sus madres, ya que se siguen, en pleno siglo XXI, ofreciendo a nosotros, los hijos, extraordinarias ofertas para adquirir refrigeradoras, cocinas, máquinas lavadoras, secadoras, congeladoras, aspiradoras, exprimidoras de cítricos, y todas las demas “doras” que se les pueda ocurrir para darle a la madre el espacio que se merece en la casa: la cocina, la lavandería, el cuarto de limpieza. No puedo imaginarme la escena al develar tan siniestro artículo frente a mi madre como ofrenda por su valeroso y abnegado rol. Ella siempre me decía en tono de broma “si me regalas tal cosa te la tiro por la cabeza”. El dolor y la cuenta del hospital deben ser inmensos si recibiese una lavadora, con capacidad para 10 kg. y cilindro metálico, lanzada sobre mi cabeza. Ouch!! (como diría un hijo gringo).

Todo esto me hace recordar con humor una famosa tira del formidable Manolito, el de Mafalda, cuando deja sus anuncios de Almacén Don Manolo escritos en pintura negra chorreante sobre la pared de una esquina del barrio. En uno de esos anuncios dice “Se aserca el dia de mama. Aproveche las ofertaz que Almacen Don Manolo tiene en surtidos de jabon de labar, trapos para fregar, escovas y limpia alfombras. Porque no olbide que una madre canzada pega menos fuerte”. Al menos Manolito no pensaba que las madres son todas unas cojudas. EL tenía un objetivo egoista pero legítimo. Los marketeros parecen defender la legendaria cojudez de la madre peruana y quieren mantenerla viva en ese nivel. Allá los hijos que se creen el cuento y quieren seguir tratando como cojudas a sus madres.
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Hace mucho tiempo, mi madre compró un libro con el título “El Encanto de la Estupidez”. En aquella época, mi afición por la lectura no era tab arraigada como lo es actualmente, sin embargo, el título en cuestión me pareció tan sugerente que no pude controlar mi curiosidad. Mi madre, quien ya había leído más de la mitad del libro cuando indagué por el tema, me indicó que la tesis del mismo era que los seres estúpidos, y más cercanamente los seres humanos estúpidos, suelen ser, a ojos de la mayoría, personajes simpáticos y encantadores, que incluso generan sentimientos de automática estima y buena vibra, mientras que aquellos con inteligencia superior logran generar más fácilmente sentimientos de temor, antipatía y repudio. La premisa me pareció fascinante. De hecho comulgué con ella desde el primer momento en que mi madre empezó a explicarme el tema del libro. Me atrevo a decir que incluso ya pensaba en eso, sólo queno sabía ponerlo en una frase tan precisa, llena de fuerza y crudo realismo, que pudiera casi sin explicarse insinuar una verdad tan universal.

Quince años después he decidido escribir algo acerca de esta máxima. Día a día me encuentro con personas a quienes todos tildan de simpáticos, “ay, pero que ingenuo que es”, acaso no es dulce?”. El tonto bonachón es un ser despreciable. Utiliza una debilidad de la que es claramente consciente como una fortaleza para encontrar espacios donde a los inteligentes, cultos e intelectuales se les hace difícil echar raices. Una brillante parábola que describe este fenómeno es la película “Desde el Jardín”, con Peter Sellers. Uno se pregunta hasta qué punto Mr. Gardener, personificado por el maestro Sellers, sigue el juego que le han planteado los poderosos que se van sucediendo en su camino tras abandonar la casa de su difunto patrón. o es en verdad su estupidez de tal grado que nunca se da cuenta, y que le impide ser consciente de que su ingenuidad, ignorancia y sí, encantadora estupidez, son armas letales que le abren las puertas de la fama política y el poder infinito. En el epílogo, el filme insinúa que a la muerte del Presidente, Mr. Gardener es el natural sucesor para gobernar el país más poderoso del mundo, y todo por su tierno, simpático y encantador discurso sobre flores y plantas.
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Ahora estoy leyendo un libro excepcional, “La Conquista de la Felicidad”, de Bertrand Russell. Este libro lo escribe Russell en la primera mitad del siglo XX, pero tiene una vigencia difícil de imaginar. Parece un libro escrito en ests tiempos, y la sabiduría principal de Russell no yace sólo en la forma de abordar un tema tan complicado como la felicidad humana, sino en utilizar ejemplos que describan gráficamente, sus teorías, máximas y mil y un aseveraciones que despliega a lo largo del libro, como si fuese él el dueño de la verdad sobre la felicidad y sus causas y enemigos. Uno de las afirmaciones más reveladoras para mí ha sido la de entender que los seres más dotados intelectualmente no tienen que ser necesariamente seres infelices. Que el intelecto, al revés, es una fortaleza que ayuda, bien usado, a alcanzar la felicidad, donde los menos inteligentes perecen en la tristeza, la depresión o el olvido por simplemente carecer de esta facultad.
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Me cuesta entender el fenómeno de la estupidez. Queda claro en este artículo mi indiscutible complejo de superiodidad intelectual, el cual muhcas veces me aleja de la sociedad, por considerarla en general estúpida. La sociedad por definición se mueve por patrones, en su mayoría morales. La moral es un invento del ser humano para autoregular las sociedades. Esta “Ley” ha sido influenciada por diversos factores a lo largo de la historia del hombre, pero uno de los más influyentes ha sido sin duda la religión. Moral y religión son entendidos como sinónimos por muchas personas y no pueden ni siquiera pensar en una persona no religiosa que tenga la moral que ellas proclaman. Esta moral religiosa ha reforzado la estupidez humana, dejando al hombre social acéfalo, ya que esta moral prácticamente gobierna su forma de actuar en sociedad: decisiones acerca de familia, diversión, vida profesional, etc. son reguladas por la moral religiosa que actúa como un cáncer que lo abarca todo, dejando sin espacio la propia razón, a la cual suplanta. Todos terminan actuando de forma similar, siguen los mismos ritos, preceptos, dogmas y prácticas. Son “enculturados” por la moral que los estupidiza. Pero, qué tienen de encantadores los seres humanos que se “enculturan” (estupidizan) de esta manera?. Al seguir las mismas leyes que los demás, no destacan, y al no hacerlo no incomodan, caen simpáticos, no exaltan emociones, no generan debate y así encantan.

Con mi hermana siempre jugábamos cuando niños a contar carros de un color determinado mientras íbamos con mis padres viajando en carro. El que miraba primero un carro rojo lo gritaba para adjudicarse un punto, y así, el que obtenía más puntos al final del viaje ganaba.

Ya más grandecitos, mi hermana y yo nos tamábamos un cafecito sentados en las mesas exteriores del “Haití” en Miraflores, y nos dedícabamos a mirar a la gente que pasaba caminando frente a nosotros.
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EL juego era parecido al que jugábamos en el carro de niños, sólo que esta vez debíamos identificar estúpidos sólo con mirarlos, ya sea por sus gestos, su forma de conversar con su compañero o compañera de caminata, o simplemente por su “look”. Al poco rato tuvimos que cambiar la regla del juego, y pasar a identificar ya no a los estúpidos sino a aquellas personas con las que sí podríamos establecer alguna conversación interesante, sin llegar a la amistad (porque hubiéramos declarado desierto al ganador), ya que el juego inicial no ofrecía demasiados retos. Es increible lo estúpida que puede ser la sociedad limeña. Tan anticuada, retrógrada, falsamente moralista e hipócrita. EN esta sociedad se cometen los peores pecados, de los bíblicos y los modernos, y sin embargo la sociedad se conduce por reglas morales rígidas, absolutistas, dogmáticas e irracionales. La estupidez ha calado tan hondo que ya ni aquellos que pudieran descifrar la fórmula para desestupidizar a los limeños tienen energías para soportar el dolor que esa afrenta supondría.

En un próximo “post” haré una lista personal de las mayores estupideces que uno puede encontrar, vivir y sufrir en nuestra “encantadora” Lima.

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