Me demoré en leer a Larsson. Recién comencé a retomar la lectura de manera regular una vez me hube mudado a Suiza. Con ello, regresaron los momentos íntimos, en los que me detengo a pensar por varios minutos, en estado catatónico, con una actividad cerebral por encima de mi promedio diario. Así me animé a encargarle a mi buen amigo Ariel la trilogía Millenium, en edición de Planeta, con la ilustración de una flaca casi anoréxica en breve vestido rojo, atada de pies y manos, mirando al lector o curioso del libro con cierto placer perverso.
Debo reconocer que un viaje desde esta sencilla ciudad suiza en la que vivo otorga una serie de privilegios para la lectura que no serían posibles obtener en mi querida Lima: una hora en tren al aeropuerto, salas de espera silenciosas, vecinos de vuelo casi invisibles. Por ello, aproveché el viaje a Estocolmo con escala en Zurich para empezar el primer volumen de la zaga al día siguiente que el buen Ariel me entregó los tres gruesos libros de tapa negra, con la ya comentada delgaducha como anfitriona.
Fueron exactamente 356 páginas devoradas en menos de 24 horas. Seguro que mi querido amigo RZ lee eso en la mitad del tiempo, o el doble en el mismo tiempo. Para el caso es lo mismo. Pero para mí, fue un récord, que incluso supera mi marca de leer “The Hours” completa en el vuelo de Los Angeles a Sao Paulo, con break para cenar incluido. Es un libro bien escrito, de prosa directa y sencilla. Con buena construcción de los personajes e interesantes texturas dadas por detalladas descripciones de lugares, hábitos y conductas, para convertir los distintos escenarios en nuevos personajes, a la altura de los mismos Mikael Blomkvkist y Lisbeth Salander.
No escribo una crítica hoy. De hecho existen ya miles de ellas en La Nube a estas alturas. Pero sí quiero comentar y destacar el acierto de Larsson cuando concibe y desarrolla el personaje de Lisbeth. Si uno edita el libro y retira todas las partes, párrafos y hasta capítulos enteros en donde LIsbeth Salander no aparece, y se queda con aquellos que siguen sus actividades, pensamientos, aquellos que la describen, que intentan narrar su historia, que intentan desentrañar su verdadera personalidad, uno termina con una obra de arte en sí misma, independiente del libro y de la trama principal sobre la investigación de la desaparecida Harriet. Y es que el personaje de Lisbeth está tan bien planteado que hasta para el mismo Larsson se hace difícil descubrirla. Lisbeth no sólo es un enigma para los personajes que la rodean en la historia. También cobra vida propia, y se esconde del mismo Larsson, lo burla, lo esquiva, se endurece y enfría ante él. A Larsson no le queda mas remedio que describir simplemente lo que ve y siente al toparse con este personaje, a quien ni él puede controlar. Es como una máquina que termina devorando a su creador. Aunque en este caso LIsbeth dista mucho de ser un monstruo, y guarda cierta ternura que sólo a veces, y cuando a ella le apetece, deja borbotear. Hacía mucho tiempo que un sólo personaje no me provocaba tal excitación, no hacía que me incorpore en el asiento tan seguido, no hacía que me metiera en las páginas del libro hasta sentir el sabor de la tinta.
No he leído aun los siguientes dos volúmenes. Sólo deseo larga vida a Lisbeth Salander. Al menos para que llegue a la tercera entrega, ya que el pobre Larsson nos dejó sin posibilidades de disfrutarla por muchos años más, como disfrutaron – y siguen disfrutando – los fans de Poirot, Vallander y otros detectives menos interesantes que la esmirriada hacker de brillante inteligencia y fascinante personalidad.
Nota aparte para bibliobulímica, ya que al leer su blog me inspiró a retomar el mío, después de más de dos años desde mi último post. No aseguro continuidad, pero esto ya es algo.