Hace unos días, una persona que trabaja conmigo me dijo: ”Yo me quedo en este trabajo porque tú estás”. Y más adelante, en la misma conversación añadió: “Todo lo que se lo he aprendido de ti”. Conozco a “mi gente”, y puedo asegurar que esta persona no estaba ejecutando lo último en estrategias para conseguir un buen aumento de sueldo. Tampoco era un “lance” de esos que ocurren mucho en las oficinas limeñas (eso del código contra el sexual harrassment en Perú es un saludo a la bandera). No me puse nervioso ante tremendas frases, pero no pude ocultar mi vergüenza. Uno no recibe todos los días evidencias de que está trascendiendo en esta vida. Uno pasa la vida “viviendo”. Hace cosas, se relaciona, hasta logra objetivos y sueños. Pero cuando una parte de ti queda impregnada en otro, o en otros, uno siente que la vida cobra total sentido. Muchos opinarían que el ser padre ofrece esta posibilidad por definición. Quizás el hecho de que muchos tomamos el rol de padres como una deliciosa obligación (digo, si tienes un hijo pues tienes que ser su padre, y de los buenos) no nos impacta tanto como el hecho de calar en personas sobre las cuales no existe una obligación de trascender. Nunca mejor descrita la necesidad del ser humano de trascender como lo hizo Kundera en “La Inmortalidad”, sin embargo discrepo con él en un detalle: la trascendencia que busca el hombre de forma natural e incesante se refiere al acto de impactar en otros o en el mundo para permanecer en él más allá de la muerte, para no desaparecer con el ataúd o en las cenizas que se echan al mar, y así dejar estampado nuestro nombre, nuestro prestigio, nuestros logros en la memoria de los que quedan. Así vista, la trascendencia es un instrumento para engordar el ego y hacer que se quede (cual pesado que pueda llegar a ser) en medio de los vivos. Yo, por el contrario, me refiero a la trascendencia como consecuencia de ser uno mismo, de ser como uno es, como premio a la consistencia de nuestros valores, que son absorbidos y apreciados por otros sin haberlo planeado y sin esperar nada a cambio. Esta sensación que sucede al agradecimiento honesto de quienes se ven impactados positivamente por nosotros no tiene precio. Para la trascendencia egoista, prefijada y perseguida con avidez, existe Mastercard (y esto no es broma).
Salut