El día llegó.  Desde que me casé no me había quedado nunca por varios días con mis hijas, las dos.  Cuando P me adelantó aun en marzo que estaría de viaje en Guayaquil por una semana en agosto, yo lo tomé con la ligereza de las ideas sueltas, de los plazos muy largos, de las promesas demagógicas.  Pero P cumplió, y agosto llegó, y con él los ocho siete largos días de agónica espera, de gigantesca responsabilidad y de horas y horas de dedicación a la niñez en desmedro de mi concentración laboral.  Felizmente en el trabajo ya estaban advertidos, y pude así zafar libremente del insensible escrutinio de los proletarios acostumbrados a la presencia en el trabajo y a la rigidez horaria, que no admite ausencias, que no admite permisos, y quienes, sólo cuando uno agoniza, logran despojarse de la maldad intolerante para compadecer un poco al casi occiso, a quien envian tarjetas de pronto recupero (será porque no quieren seguir haciendo el trabajo del convaleciente faltón).  En todo caso, uno podría pensar que yo califico como agonizante, enfermo, convaleciente, o similar, dada mi condición de papá soltero por siete días.  Pero la verdad es que no.  Hoy he cumplido mi segundo día, y me siento feliz y satisfecho.  Me siento muy cerca de mis hijas, a quienes no solo quiero sino además aprecio.  Hoy fui con J a su clase marinera, y me senté en una sillita blnca de plástico afuera de la clase, entre otras nueve mamás y nanas, quienes observaban la clase como quien ve el mismo capítulo de la novela por enésima vez.  En cambio yo, que ingenuamente cargaba con “El amor en los tiempos del cólera” en una mano, y mi blackberry en la otra, no pude depegar los ojos en ninguno de los sesenta que duró la lección.  J se movía al compás de una marinera norteña que no había escuchado antes, y en su baile irradiaba una luz que sólo yo podía ver y que me hacía reir como un tonto.  Disfrute como nadie el llegar a la casa a las cuatro y media de la tarde, con J luego de su clase y encontrarme en la puerta con E, mi otra hija, que jugaba en el patio exterior con la nana, correteando una pelota morada.  Dejó atrás la pelota y se lanzó en pos de mi con su torpe andar de un año y una sonrisa diurna que pocas veces puedo ver.  Trabajar se hace difícil con las dos pequeñas dando vueltas por la casa, pero lo cierto es que no trabajo tanto simplemente porque estas oportunidades, aunque uno las busca, se presentan para que uno les saque el jugo:  los niños crecen como la espuma cervecera, y antes que uno se de cuenta, se desbordan en complejos problemas pubertinos, revoluciones adolescentes y diatribas pre adultas, en donde el papá suele  no ser el referente y la persona de más confianza.  Porque el idilio paternal dura poco, según dicen, y para hacerlo durar más debo aprovechar cada minuto de mis chiquitas, y sumando minutos haré muchas horas que quedará indelebles en mi memoria y, ojalá, en las de is hijas.

Hoy mi post está embolsado en sentimentalismo, y sé que no es mi costumbre, pero qué importa.  Será este post otra de las cosas que, cuando grandes, mis hijas podrán leer, y sabrán cuán feliz fue su papá con ellas, cuando fue soltero por siete días.

Salut

2 Comentarios

  1. Extraordinario post, amigo mio, sencillamente te has capturado a ti mismo, lejos del “higadismo” que tanto pregonas como teoría filosófica.

    Es un post del cual tus hijas estarán avergonzadas a cierta y orgullosas un poco mas adelante, envidio lo que tus hijas leerán.

    Solamente, y como tío solidario y reclamón, pregunto por que en la foto solamente sales acompañado de una de las nenas….. yo también quiero ganar puntos con ellas cuando lean los comentarios. Jajajaja.

    Nos leemos.

  2. Que gracioso el Peregrino, pero si el es otro “higadista”… Jajaja
    Sweet post ;)


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