Muchos habrán escuchado una canción de los espantosos Hombres-G en la década de los 80. Bueno, perdón, no pienso hablarles de esta canción ni entrar en inútiles debates sobre el valor de este pseudo grupo de rock español. En realidad, este artículo se trata de tetas. Así, tan banal como quieran calificarlo, las tetas han sido, son y serán un objeto de deseo no perecible que, estoy seguro, protagonizará mis sueños, mientras duermo o en vela, hasta que olvide su significado por arteriosclerosis.
Debo decir de las tetas los mejores adjetivos. Debo hablar de su dulce redondez, de su suave reflejo, de su tersa voluptuosidad. Y así expresado, las tetas deben ser lo suficientemente grandes como para poder apreciar sus verdaderos atributos, el real encanto de su forma. El significado de las tetas es inherente al volumen. Hay tetas de gran tamaño, es verdad, pero existen sólo ciertas formas que son merecedoras de admiración y fiel deseo.
Reducido el grupo para clasificar dentro de las tetas admirables, debo destacar mi repudio a las siliconas. Las siliconas son como el remake mal concebido de un clásico del cine: plásticas, ingrávidas, superproducidas e imperturbables por el tiempo. Las siliconas estiran la parcela de piel más codiciada en el cuerpo femenino, restándole maleabilidad. Por eso, no hay siliconas en mi clasificación, sólo tetas naturales, vírgenes del bisturí.
Ya en la práctica debo reconocer mi incapacidad por dejar pasar mi vista sobre un par de buenas tetas. De hecho las miro todas. Ya clasificadas en mi disco cerebral, mis ojos ordenan al resto de mi débil conciencia mirar más detalladamente: dimensiones, naturalidad, escote (lo más que pueda conseguir desde el ángulo en que me encuentre). Otros atributos no puedo sino imaginarlos: color de de la aureola divina, caída, textura, etc. No recuerdo un cuadro que haya hecho desde mis trece años que no tenga una teta, siempre grande, que permita destacar la belleza de este apéndice femenino que siempre definió y definirá gran parte de la belleza de la mujer. Las tetas arrebatan a otras formas del cuerpo la definición de belleza y sensualidad. Tocar una teta es el primer acto de heroismo sexual que cualquier muchacho pueda realizar. Una vez llegado allí, lo demás cae por su propio peso. Y las mujeres saben eso. Ellas son concientes que su virginidad ha sido parcialmente entregada el día que se dejan tocar las tetas.
Por eso, que vivan las tetas, y que mueran las siliconas…y los Hombres-G