Hace mucho tiempo, mi madre compró un libro con el título “El Encanto de la Estupidez”. En aquella época, mi afición por la lectura no era tab arraigada como lo es actualmente, sin embargo, el título en cuestión me pareció tan sugerente que no pude controlar mi curiosidad. Mi madre, quien ya había leído más de la mitad del libro cuando indagué por el tema, me indicó que la tesis del mismo era que los seres estúpidos, y más cercanamente los seres humanos estúpidos, suelen ser, a ojos de la mayoría, personajes simpáticos y encantadores, que incluso generan sentimientos de automática estima y buena vibra, mientras que aquellos con inteligencia superior logran generar más fácilmente sentimientos de temor, antipatía y repudio. La premisa me pareció fascinante. De hecho comulgué con ella desde el primer momento en que mi madre empezó a explicarme el tema del libro. Me atrevo a decir que incluso ya pensaba en eso, sólo queno sabía ponerlo en una frase tan precisa, llena de fuerza y crudo realismo, que pudiera casi sin explicarse insinuar una verdad tan universal.
Quince años después he decidido escribir algo acerca de esta máxima. Día a día me encuentro con personas a quienes todos tildan de simpáticos, “ay, pero que ingenuo que es”, acaso no es dulce?”. El tonto bonachón es un ser despreciable. Utiliza una debilidad de la que es claramente consciente como una fortaleza para encontrar espacios donde a los inteligentes, cultos e intelectuales se les hace difícil echar raices. Una brillante parábola que describe este fenómeno es la película “Desde el Jardín”, con Peter Sellers. Uno se pregunta hasta qué punto Mr. Gardener, personificado por el maestro Sellers, sigue el juego que le han planteado los poderosos que se van sucediendo en su camino tras abandonar la casa de su difunto patrón. o es en verdad su estupidez de tal grado que nunca se da cuenta, y que le impide ser consciente de que su ingenuidad, ignorancia y sí, encantadora estupidez, son armas letales que le abren las puertas de la fama política y el poder infinito. En el epílogo, el filme insinúa que a la muerte del Presidente, Mr. Gardener es el natural sucesor para gobernar el país más poderoso del mundo, y todo por su tierno, simpático y encantador discurso sobre flores y plantas.

Ahora estoy leyendo un libro excepcional, “La Conquista de la Felicidad”, de Bertrand Russell. Este libro lo escribe Russell en la primera mitad del siglo XX, pero tiene una vigencia difícil de imaginar. Parece un libro escrito en ests tiempos, y la sabiduría principal de Russell no yace sólo en la forma de abordar un tema tan complicado como la felicidad humana, sino en utilizar ejemplos que describan gráficamente, sus teorías, máximas y mil y un aseveraciones que despliega a lo largo del libro, como si fuese él el dueño de la verdad sobre la felicidad y sus causas y enemigos. Uno de las afirmaciones más reveladoras para mí ha sido la de entender que los seres más dotados intelectualmente no tienen que ser necesariamente seres infelices. Que el intelecto, al revés, es una fortaleza que ayuda, bien usado, a alcanzar la felicidad, donde los menos inteligentes perecen en la tristeza, la depresión o el olvido por simplemente carecer de esta facultad.

Me cuesta entender el fenómeno de la estupidez. Queda claro en este artículo mi indiscutible complejo de superiodidad intelectual, el cual muhcas veces me aleja de la sociedad, por considerarla en general estúpida. La sociedad por definición se mueve por patrones, en su mayoría morales. La moral es un invento del ser humano para autoregular las sociedades. Esta “Ley” ha sido influenciada por diversos factores a lo largo de la historia del hombre, pero uno de los más influyentes ha sido sin duda la religión. Moral y religión son entendidos como sinónimos por muchas personas y no pueden ni siquiera pensar en una persona no religiosa que tenga la moral que ellas proclaman. Esta moral religiosa ha reforzado la estupidez humana, dejando al hombre social acéfalo, ya que esta moral prácticamente gobierna su forma de actuar en sociedad: decisiones acerca de familia, diversión, vida profesional, etc. son reguladas por la moral religiosa que actúa como un cáncer que lo abarca todo, dejando sin espacio la propia razón, a la cual suplanta. Todos terminan actuando de forma similar, siguen los mismos ritos, preceptos, dogmas y prácticas. Son “enculturados” por la moral que los estupidiza. Pero, qué tienen de encantadores los seres humanos que se “enculturan” (estupidizan) de esta manera?. Al seguir las mismas leyes que los demás, no destacan, y al no hacerlo no incomodan, caen simpáticos, no exaltan emociones, no generan debate y así encantan.
Con mi hermana siempre jugábamos cuando niños a contar carros de un color determinado mientras íbamos con mis padres viajando en carro. El que miraba primero un carro rojo lo gritaba para adjudicarse un punto, y así, el que obtenía más puntos al final del viaje ganaba.
Ya más grandecitos, mi hermana y yo nos tamábamos un cafecito sentados en las mesas exteriores del “Haití” en Miraflores, y nos dedícabamos a mirar a la gente que pasaba caminando frente a nosotros.

EL juego era parecido al que jugábamos en el carro de niños, sólo que esta vez debíamos identificar estúpidos sólo con mirarlos, ya sea por sus gestos, su forma de conversar con su compañero o compañera de caminata, o simplemente por su “look”. Al poco rato tuvimos que cambiar la regla del juego, y pasar a identificar ya no a los estúpidos sino a aquellas personas con las que sí podríamos establecer alguna conversación interesante, sin llegar a la amistad (porque hubiéramos declarado desierto al ganador), ya que el juego inicial no ofrecía demasiados retos. Es increible lo estúpida que puede ser la sociedad limeña. Tan anticuada, retrógrada, falsamente moralista e hipócrita. EN esta sociedad se cometen los peores pecados, de los bíblicos y los modernos, y sin embargo la sociedad se conduce por reglas morales rígidas, absolutistas, dogmáticas e irracionales. La estupidez ha calado tan hondo que ya ni aquellos que pudieran descifrar la fórmula para desestupidizar a los limeños tienen energías para soportar el dolor que esa afrenta supondría.
En un próximo “post” haré una lista personal de las mayores estupideces que uno puede encontrar, vivir y sufrir en nuestra “encantadora” Lima.