Archivos diarios: Abril 11th, 2007

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Este término me lo enseñaste tú. Habías leido el libro en España y luego me lo regalaste. Sí, “La Amigdalitis de Tarzán”. Y se cumplió lo que dijiste. Cada momento en el que nos hemos encontrado nos ha sorprendido en diferentes situaciones amorosas, unas mejores y otras peores, dependiendo de quién de los dos las observaba. Nuestro E.T.A. ha estado, desde un prinicpio, fuera de sincronía. Al menos eso pensaba hasta hoy.

He estado revisando una caja con algunos recuerditos que mi mamá me guardó cuando me fui del Perú por primera vez. Es un pupurrí de notitas, fotos, pequeños premios escolares, gadgets y otros artículos diminutos que, de alguna manera, han sido parte importante de mi vida. Mi madre despachó todas las fotos, tarjetas o notas relacionadas con mis enamoradas al más allá, de donde quizás no vuelvan. Pero dejó una, sólo una tarjeta con un mensaje extenso que quisiera transcribir completamente, pero que mi verguenza y sentido del ridículo me impiden hacerlo. Por eso sólo te copio algunas extractos de aquella tarjeta que me mandaste por correo desde España a mi casa en Chiclayo y que recibí el 1 de diciembre del 2000, y de la cual no tenía recuerdo.

“No sé cuando estarás recibiendo esta tarjeta que by the way la compré para tí hace más de un año, así es la vida no?
Estoy aquí en el aeropuerto de Miami “una vez más”, lista para cruzaar el “charco” una vez más, y cada vez pieso más en ti y te extraño más…
…Hace tiempo te dije que yo pensaba que tú eras el “famoso” amor de mi vida, pero que tenía claro que para tí yo no lo era. Yo sentía que me querías pero no te morías por mí y eso para mí era horrible, esto desde la primera vez, entonces decidí que bueno, a tratar de ponerte en algún lugar dentro de mí, evitando que me duela, y escogí tenerte como amigo…yo misma me sorprendía de mi capacidad para entenderte, perdonarte, aceptarte y quererte…
…Bueno, a lo que voy es que como ya te dije siempre voy a estar contigo coo lo he estado hasta ahora, y sin esperar nada a cambio, más que tu amistad, por supuesto yo sería muy feliz si terminamos esta historia juntos…
…No te he contado que mis amigas a las que les he hablado de ti me dicen que me muero por ti, que cuando hablo de ti se me transforma la cara, se me ilumina y que se nota hasta cuando leo un mail tuyo, en fin…”

Ya no puedo escribir más. Tengo un nudo en la garganta y una represa al borde del colapso en mis ojos. La decepción y desesperanza que siento en este momento no las puedo explicar. Si es verdad que “We belong together” como versa la tarjeta, entonces qué diablos hacemos tan separados??!!!! Cada vez te quiero más, tanto que no cabe en mi pecho, me cierra la garganta y me hace sudar febrilmente.

Se acerca el Día de la Madre. Como dato contextual, en el Perú este día se celebra el segundo domingo de Mayo, tal como lo instauraron en Estados Unidos. Nosotros, fieles a nuestras raices americanas (de Americans pues), seguimos a pie juntillas todas las fechas que nuestros hermanos gringos inventan. En fin, pero este era sólo un dato para ubicar a mis lectores foráneos. El asunto es que, como todos los años en estas fechas, las empresas, tiendas por departamentos y hasta los bancos comienzan a bombardearnos con material publicitario alusivo al día de nuestras progenitoras, las que nos parieron con dolor y nos lanzaron a este mísero y adorable mundo en que vivimos. Cuando miro y leo esta publicidad pienso que los marketeros de estas respetables compañías no deben haber tenido una buena relación con sus madres, ya que se siguen, en pleno siglo XXI, ofreciendo a nosotros, los hijos, extraordinarias ofertas para adquirir refrigeradoras, cocinas, máquinas lavadoras, secadoras, congeladoras, aspiradoras, exprimidoras de cítricos, y todas las demas “doras” que se les pueda ocurrir para darle a la madre el espacio que se merece en la casa: la cocina, la lavandería, el cuarto de limpieza. No puedo imaginarme la escena al develar tan siniestro artículo frente a mi madre como ofrenda por su valeroso y abnegado rol. Ella siempre me decía en tono de broma “si me regalas tal cosa te la tiro por la cabeza”. El dolor y la cuenta del hospital deben ser inmensos si recibiese una lavadora, con capacidad para 10 kg. y cilindro metálico, lanzada sobre mi cabeza. Ouch!! (como diría un hijo gringo).

Todo esto me hace recordar con humor una famosa tira del formidable Manolito, el de Mafalda, cuando deja sus anuncios de Almacén Don Manolo escritos en pintura negra chorreante sobre la pared de una esquina del barrio. En uno de esos anuncios dice “Se aserca el dia de mama. Aproveche las ofertaz que Almacen Don Manolo tiene en surtidos de jabon de labar, trapos para fregar, escovas y limpia alfombras. Porque no olbide que una madre canzada pega menos fuerte”. Al menos Manolito no pensaba que las madres son todas unas cojudas. EL tenía un objetivo egoista pero legítimo. Los marketeros parecen defender la legendaria cojudez de la madre peruana y quieren mantenerla viva en ese nivel. Allá los hijos que se creen el cuento y quieren seguir tratando como cojudas a sus madres.
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DJ Joe me ha mantenido en su lista de mails por años. Buahaus, la discoteca de culto al new wave underground de la calle Bellavista en Miraflores, reunió a los otrora asiduos concurrentes a Nirvana, hoy convertida en una lavandería en las primera cuadra de Shell, y a muchos nuevos fanáticos del synth-pop, del techno, del Manchester Sound, del Gothic y otros sonidos rebuscados de poca trascendencia en la movida local. Por eso siempre éramos los mismos, y allí nos mantuvimos, en la lista de Dj Joe.

La semana pasada, como todas las semanas, recibí uno de estos neditos mails anunciando el especial del miércoles en Visage (ex-Bauhaus). Era nada más y nada menos que un especial con videos y música de Depeche Mode, mi banda favorita sin discusión. Qué mejor ocasión para reencontrarme con la pequeña casita de Bellavista, que me vio bailar sobre los muros, al lado de la pista porque odiaba cuando se llenaba, o inclusive estonazo en la baranda del segundo piso. La discoteca donde conocí a Ursula, bauhauseana empedernida con quien salí sólo un mes, pero que fue como una delicada tormenta de un año de duración. La fiesta estaba servida, y los astros alineados a mi favor.

Primero, mi esposa, quien decidió darme no sólo permiso sino promover mi salida nocturna en solitario para disfrutar algo que es “realmente importante para mi”, tal como ella mismo catalogó a esta aventura. Segundo, y para evitar una posible ensartada por aburrimiento o por incapacidad para los altos decibeles (ya no tengo los veintitantos que tenía cuando iba a Bauhaus), mi fiel amigo Alquimista accedió a acompañarme, no motivado por los mismos estímulos musicales que yo, pero con la leve (casi nula) esperanza de encontrar a alguna compañera de nocturnidad que eligiera esa noche para conocerlo.

Estaba todo listo. 11:30 pm, hora de recoger a mi amigo e iniciar la noche más excitante, después del viernes de esposas, que haya tenido en años. 11:00 pm, llamada de Alquimista. No va más. Cuestión de hormonas. Lo llamó otra compañera, ésta conocida, de la chamba, con ganas de hundirse en la noche con él. No hay remedio, no pude competir con eso. 11:05 pm, calato en la ducha, abrí el caño, iba probando el agua mientras calentaba. Ya caliente, el agua sólo mojó mis pantorrillas. Cerré el caño, decepcionado de mí mismo, de mi escasa vitalidad. De mi poca lealtad a la causa más relevante del mundo que me define. De mi poca voluntad para alcanzar el sueño más preciado.

Mi esposa, decepcionada tanto o más que yo, casi me empuja a retomar mi aventura, a no renunciar a ella, a asirme firme del estribo de mi propia felicidad. “Es sólo una discoteca, no big deal”, repliqué. El caso es que Bauhaus me espera, pero los astros no están alineados todos los miércoles que yo quiera.

Hace mucho tiempo, mi madre compró un libro con el título “El Encanto de la Estupidez”. En aquella época, mi afición por la lectura no era tab arraigada como lo es actualmente, sin embargo, el título en cuestión me pareció tan sugerente que no pude controlar mi curiosidad. Mi madre, quien ya había leído más de la mitad del libro cuando indagué por el tema, me indicó que la tesis del mismo era que los seres estúpidos, y más cercanamente los seres humanos estúpidos, suelen ser, a ojos de la mayoría, personajes simpáticos y encantadores, que incluso generan sentimientos de automática estima y buena vibra, mientras que aquellos con inteligencia superior logran generar más fácilmente sentimientos de temor, antipatía y repudio. La premisa me pareció fascinante. De hecho comulgué con ella desde el primer momento en que mi madre empezó a explicarme el tema del libro. Me atrevo a decir que incluso ya pensaba en eso, sólo queno sabía ponerlo en una frase tan precisa, llena de fuerza y crudo realismo, que pudiera casi sin explicarse insinuar una verdad tan universal.

Quince años después he decidido escribir algo acerca de esta máxima. Día a día me encuentro con personas a quienes todos tildan de simpáticos, “ay, pero que ingenuo que es”, acaso no es dulce?”. El tonto bonachón es un ser despreciable. Utiliza una debilidad de la que es claramente consciente como una fortaleza para encontrar espacios donde a los inteligentes, cultos e intelectuales se les hace difícil echar raices. Una brillante parábola que describe este fenómeno es la película “Desde el Jardín”, con Peter Sellers. Uno se pregunta hasta qué punto Mr. Gardener, personificado por el maestro Sellers, sigue el juego que le han planteado los poderosos que se van sucediendo en su camino tras abandonar la casa de su difunto patrón. o es en verdad su estupidez de tal grado que nunca se da cuenta, y que le impide ser consciente de que su ingenuidad, ignorancia y sí, encantadora estupidez, son armas letales que le abren las puertas de la fama política y el poder infinito. En el epílogo, el filme insinúa que a la muerte del Presidente, Mr. Gardener es el natural sucesor para gobernar el país más poderoso del mundo, y todo por su tierno, simpático y encantador discurso sobre flores y plantas.
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Ahora estoy leyendo un libro excepcional, “La Conquista de la Felicidad”, de Bertrand Russell. Este libro lo escribe Russell en la primera mitad del siglo XX, pero tiene una vigencia difícil de imaginar. Parece un libro escrito en ests tiempos, y la sabiduría principal de Russell no yace sólo en la forma de abordar un tema tan complicado como la felicidad humana, sino en utilizar ejemplos que describan gráficamente, sus teorías, máximas y mil y un aseveraciones que despliega a lo largo del libro, como si fuese él el dueño de la verdad sobre la felicidad y sus causas y enemigos. Uno de las afirmaciones más reveladoras para mí ha sido la de entender que los seres más dotados intelectualmente no tienen que ser necesariamente seres infelices. Que el intelecto, al revés, es una fortaleza que ayuda, bien usado, a alcanzar la felicidad, donde los menos inteligentes perecen en la tristeza, la depresión o el olvido por simplemente carecer de esta facultad.
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Me cuesta entender el fenómeno de la estupidez. Queda claro en este artículo mi indiscutible complejo de superiodidad intelectual, el cual muhcas veces me aleja de la sociedad, por considerarla en general estúpida. La sociedad por definición se mueve por patrones, en su mayoría morales. La moral es un invento del ser humano para autoregular las sociedades. Esta “Ley” ha sido influenciada por diversos factores a lo largo de la historia del hombre, pero uno de los más influyentes ha sido sin duda la religión. Moral y religión son entendidos como sinónimos por muchas personas y no pueden ni siquiera pensar en una persona no religiosa que tenga la moral que ellas proclaman. Esta moral religiosa ha reforzado la estupidez humana, dejando al hombre social acéfalo, ya que esta moral prácticamente gobierna su forma de actuar en sociedad: decisiones acerca de familia, diversión, vida profesional, etc. son reguladas por la moral religiosa que actúa como un cáncer que lo abarca todo, dejando sin espacio la propia razón, a la cual suplanta. Todos terminan actuando de forma similar, siguen los mismos ritos, preceptos, dogmas y prácticas. Son “enculturados” por la moral que los estupidiza. Pero, qué tienen de encantadores los seres humanos que se “enculturan” (estupidizan) de esta manera?. Al seguir las mismas leyes que los demás, no destacan, y al no hacerlo no incomodan, caen simpáticos, no exaltan emociones, no generan debate y así encantan.

Con mi hermana siempre jugábamos cuando niños a contar carros de un color determinado mientras íbamos con mis padres viajando en carro. El que miraba primero un carro rojo lo gritaba para adjudicarse un punto, y así, el que obtenía más puntos al final del viaje ganaba.

Ya más grandecitos, mi hermana y yo nos tamábamos un cafecito sentados en las mesas exteriores del “Haití” en Miraflores, y nos dedícabamos a mirar a la gente que pasaba caminando frente a nosotros.
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EL juego era parecido al que jugábamos en el carro de niños, sólo que esta vez debíamos identificar estúpidos sólo con mirarlos, ya sea por sus gestos, su forma de conversar con su compañero o compañera de caminata, o simplemente por su “look”. Al poco rato tuvimos que cambiar la regla del juego, y pasar a identificar ya no a los estúpidos sino a aquellas personas con las que sí podríamos establecer alguna conversación interesante, sin llegar a la amistad (porque hubiéramos declarado desierto al ganador), ya que el juego inicial no ofrecía demasiados retos. Es increible lo estúpida que puede ser la sociedad limeña. Tan anticuada, retrógrada, falsamente moralista e hipócrita. EN esta sociedad se cometen los peores pecados, de los bíblicos y los modernos, y sin embargo la sociedad se conduce por reglas morales rígidas, absolutistas, dogmáticas e irracionales. La estupidez ha calado tan hondo que ya ni aquellos que pudieran descifrar la fórmula para desestupidizar a los limeños tienen energías para soportar el dolor que esa afrenta supondría.

En un próximo “post” haré una lista personal de las mayores estupideces que uno puede encontrar, vivir y sufrir en nuestra “encantadora” Lima.