Viernes. Piso 11 de un departamento en el medio de otro mundo, donde todo es mejor que en el nuestro. Vista espacial de la Lima esplendorosa, la inocua, la de catálogo. Dos machos humanos, desenfadados y egocéntricos. Uno patán, el otro meloso. Y en medio, una mujer, hecha y desecha. Dispuesta a calentar hasta a una morza. Uno de ellos descamisado. tenía calor. El otro entregando su copioso vello púbico al ensayo de estilista que ella quería hacer. Todo procedía normalmente dentro de una anormal situación. Estaba todo planeado, pero iba mejor y más rápido que lo planeado. Ella insistía en preguntarle al casado por su esposa. El respondía con esquiva ligereza. Su esposa, al fin y al cabo, no era parte de este plan, y estaba muy lejos para serlo. Ella quería jugar. Ellos también, definitivo. Luego de cuatro copas de buen tinto riojano cada uno, la poca verguenza se arrojó por el balcón y dejo al trío burbujeante al filo de la consagración del más divino de los ejercicios. Ella trajo dos cajas cuyos contenidos no tenían ninguna relación con sentido, al menos para ellos. En una, las fotos familiares. Ver todas y cada una, con el obligado falso interés mostrado a flor de cara y gestos, era prerrequisito para descrubir el contenido de la segunda. Luego de casi cuarenta y cinco minutos de fotos de su hijo, sus ex, su amiga (qué amiga) coreana y otros personajes olvidables, el secreto se develó. De la segunda caja emergieron como jack-in-the-box numerosos vibradores, consoladores y otros adminículos usados para administrar culos, el de ella obviamente. Ella le pidió al meloso que accediera a colocarse las esposas deco con felpa púrpura de fibra larga. Y él lo hizo. Sin camisa y esposado purpúreamente el meloso hubo de enfrentar una de las situaciones más incómodas de su vida de mediana edad. El ex-marido tocó el inter, estaba subiendo al departamento de ella, al olimpo de las pasiones desenfrenadas. Ella, nublada por el licor, alcanzó el botón del inter de un salto sin darle tiempo al meloso de poder, al menos, retirarse las esposas. La camisa era misión imposible. Ni se acordaba en qué lugar de la casa la había dejado. Sin ayuda, ya que el patán sólo alcanzó a reirse alocadamente sin ocultar su evidente estado de nerviosismo, logró encontrar las llavecitas que abrían la cerradura de las esposas púrpura. EL meloso logró quitarlas de alrededor de sus muñecas en el preciso instante en que el supuesto ex-marido irrumpía en la terraza donde nuestros instintos más salvajes habían sido petrificados por su sola presencia. El meloso dijo” qué bacanes estas esposas, no?” “Che, y no sabés todas las cosas que esta piba tiene. Es una bomba”. No era su ex-marido. Era un aturdido y casi descerebrado compatriota del Diego que en plena vaporización herbácea y olor a azufre, había acudido a ella para salvar una terrible noche de aspiradas y frustraciones sexuales. Y ella, tan noble, lo quiso ayudar. Meloso y patán decidieron colgar las esposas en la varanda del balcón que da al Edén limeño, como el boxeador veterano que cuelga los guantes cuando ya no quiere más golpes. A la media hora patán y meloso yacían entre dos charapas caprichosas, compartiendo cama, mujeres, olor a sexo y una gran, gran frustración.
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Un Comentario
QUE BUENO EXCELENTE.
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